El perro tenía una mancha amarilla en su negro y tierno pelaje. Raro, pues su dueña pasaba gran parte de su tiempo acicalandolo y cuidando de él.
Sin pensarlo mucho tiempo, la dueña lleva al can a un veterinario amigo, no muy lejos de su hogar.
El hombre era alto, bien formado, de pelo castaño y peinado con estilo ochentero, tenía su consulta bien cuidada, limpia y ordenada, con una secretaria que podría facilmente ser su hija.
Examinando al perro, el hombre se da cuenta de que la mancha no es exclusiva del pelaje, sino que tambien hay en sus patas y en las orejas. Por esto, decide examinarlo completamente, comenzando por su cabeza.
Todo bien en el extremo superior, mientras examina la parte inferior del canino, el doctor se da cuenta de que éste no está comodo, pero es un perro al fin y al cabo... no importa su opinión.
Está todo bien, las manchas no son mas que pintura que se derramó sobre él. La dueña no sabe cómo ocurrió pero está aliviada de que no sea nada grave...
Mientras caminaban a casa, la dueña siente que los perros encerrados en sus casas están más ruidosos que de lo normal.
El perro jamás olvidará esos ladridos... había sido inutilmente manoseado por un extraño y nisiquiera escucharon cuando suplicaba que no pasaran a llevar el respeto por su cuerpo...
Esos ladridos le recordaran por siempre, que confiando en su dueña, en su cuidadora, en la persona que amaba, dejó que pasaran a llevar su opinión... que ella tanto defendía siendo vegetariana y visitando lugares de adopción animal todas las semanas.
Quizás Continúe...
Moi Moi